Occidente ha pasado de un optimismo exultante a un gran pesimismo. La sociedad estaba instalada en el consumismo y bienestar con toda confianza, pero ahora se han hecho presentes el paro y el empobrecimiento. Podemos situar el inicio de esta crisis en la primavera de 2001, cuando estalla la burbuja especulativa de Internet, y en septiembre del mismo año, con el derrumbe de las torres gemelas de Nueva York.
Le Reserva Federal resuelve bajar los tipos de interés para enfriar la economía. Esto provoca un escenario idóneo para los que sepan aprovecharse del endeudamiento ajeno. Los bancos ven reducida la diferencia entre lo que cobran y lo que pagan a sus clientes, y sus ganancias disminuyen. Como revulsivo, ofertan servicios y productos como los Fondos de Inversión, cuyo beneficio se obtiene de las comisiones. Además, se añade la fórmula de crear préstamos arriesgados y multiplicar su número. Al ser arriesgados, permiten cobrar un interés más elevado. Todo ello conduce a un fuerte endeudamiento por la expansión de los créditos, con un aumento del valor de los activos en los balances bancarios por encima de los recursos propios.
El sector inmobiliario resulta el más propicio para desarrollar esta estrategia de ofrecer muchos préstamos con un reducido interés. Éste era un sector próspero, como demostraba el valor de la vivienda en EUA. Clinton populariza la vivienda propia para todos, donde los más astutos ponen a su alcance hipotecas con intereses muy bajos. Surgen entonces las hipotecas subprime que aglutinan préstamos arriesgados a personas insolventes (ninjas). Los préstamos que se ofrecen están por encima del valor de la vivienda, por lo que se da la posibilidad de adquirir otros bienes de consumo con el dinero sobrante.
Con el tiempo, a las entidades de préstamo se les acaba el dinero y optan por recurrir a los bancos, incluso a los extranjeros. Sin embargo, estos se encuentran pronto con las Normas de Basilea II, que limitan la proporción capitales mínimos / activos o créditos concedidos. La solución es llevar adelante el proceso de titulización o securitización, para transformar en títulos que se venden a una entidad financiera un conjunto de activos (préstamos), que a su vez los coloca en el mercado. De lo que se trata es de hacer paquetes con las hipotecas subprime con un bonito envoltorio (nombres atractivos e incomprensibles). Los paquetes se venden mediante las filiales de los bancos que las emiten. Los inversores interesados en adquirirlos, ya convertidos en CDO (Obligaciones de Deuda Colateralizada), sacarán el dinero de créditos de otros bancos o cajas. El endeudamiento sigue engordando.
En este punto salen a escena las Agencias de Rating. Estas empresas ofrecen las máximas calificaciones a los CDO. Las calificarán según la peligrosidad. Para echar más leña, entran en juego las Monolines, que avalan ante la posible fallida. Las grandes firmas se animan a entrar, por el aval de las monolines. No obstante, todo depende de la capacidad y solvencia de los ninjas, que al final son quienes deben pagar sus hipotecas e intereses a las entidades especializadas.
Los precios de la vivienda siguen subiendo y los ninjas dejan de poder pagar. Las entidades dejan de ingresar y no pueden hacer frente a sus deudas con la banca. Esto provoca el desmoronamiento progresivo del sistema financiero: si no puedes conseguir recursos, se te bloquean los existentes. La desconfianza de hace patente, los bancos no pueden dar créditos, los empresarios no tienen dinero y producen menos, sube el paro y baja el consumo.
Los Bancos Centrales abren sus inyecciones de capital y se ponen en marcha actuaciones conjuntas para minimizar el batacazo y evitar un nuevo crack.
Le Reserva Federal resuelve bajar los tipos de interés para enfriar la economía. Esto provoca un escenario idóneo para los que sepan aprovecharse del endeudamiento ajeno. Los bancos ven reducida la diferencia entre lo que cobran y lo que pagan a sus clientes, y sus ganancias disminuyen. Como revulsivo, ofertan servicios y productos como los Fondos de Inversión, cuyo beneficio se obtiene de las comisiones. Además, se añade la fórmula de crear préstamos arriesgados y multiplicar su número. Al ser arriesgados, permiten cobrar un interés más elevado. Todo ello conduce a un fuerte endeudamiento por la expansión de los créditos, con un aumento del valor de los activos en los balances bancarios por encima de los recursos propios.
El sector inmobiliario resulta el más propicio para desarrollar esta estrategia de ofrecer muchos préstamos con un reducido interés. Éste era un sector próspero, como demostraba el valor de la vivienda en EUA. Clinton populariza la vivienda propia para todos, donde los más astutos ponen a su alcance hipotecas con intereses muy bajos. Surgen entonces las hipotecas subprime que aglutinan préstamos arriesgados a personas insolventes (ninjas). Los préstamos que se ofrecen están por encima del valor de la vivienda, por lo que se da la posibilidad de adquirir otros bienes de consumo con el dinero sobrante.
Con el tiempo, a las entidades de préstamo se les acaba el dinero y optan por recurrir a los bancos, incluso a los extranjeros. Sin embargo, estos se encuentran pronto con las Normas de Basilea II, que limitan la proporción capitales mínimos / activos o créditos concedidos. La solución es llevar adelante el proceso de titulización o securitización, para transformar en títulos que se venden a una entidad financiera un conjunto de activos (préstamos), que a su vez los coloca en el mercado. De lo que se trata es de hacer paquetes con las hipotecas subprime con un bonito envoltorio (nombres atractivos e incomprensibles). Los paquetes se venden mediante las filiales de los bancos que las emiten. Los inversores interesados en adquirirlos, ya convertidos en CDO (Obligaciones de Deuda Colateralizada), sacarán el dinero de créditos de otros bancos o cajas. El endeudamiento sigue engordando.
En este punto salen a escena las Agencias de Rating. Estas empresas ofrecen las máximas calificaciones a los CDO. Las calificarán según la peligrosidad. Para echar más leña, entran en juego las Monolines, que avalan ante la posible fallida. Las grandes firmas se animan a entrar, por el aval de las monolines. No obstante, todo depende de la capacidad y solvencia de los ninjas, que al final son quienes deben pagar sus hipotecas e intereses a las entidades especializadas.
Los precios de la vivienda siguen subiendo y los ninjas dejan de poder pagar. Las entidades dejan de ingresar y no pueden hacer frente a sus deudas con la banca. Esto provoca el desmoronamiento progresivo del sistema financiero: si no puedes conseguir recursos, se te bloquean los existentes. La desconfianza de hace patente, los bancos no pueden dar créditos, los empresarios no tienen dinero y producen menos, sube el paro y baja el consumo.
Los Bancos Centrales abren sus inyecciones de capital y se ponen en marcha actuaciones conjuntas para minimizar el batacazo y evitar un nuevo crack.
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