viernes, 11 de junio de 2010

Demos - Kratos

Democracia proviene de la fusión de los vocablos griegos “Demos”, pueblo, y “Kratos”, poder o gobierno; pudiéndose traducir entonces como “el gobierno del pueblo”. Ahora bien, si hilamos más fino tal vez advirtamos una novedad, ya que “Demos” es, al mismo tiempo, un neologismo o acrónimo entre las palabras también helénicas de “Demiurgos”, artesanos, y “Geomoros”, campesinos”. De este modo “democracia” se debería interpretar como el “gobierno del pueblo llano”, que en la Grecia clásica estaba integrado por las clases sociales fabril y campestre. La razón de ser de esta denominación resulta, entonces, que no es otra que contraponer este sistema político a la monarquía y a la aristocracia, cuya clase dirigente estaba nutrida por la nobleza.

No obstante lo anterior, la teoría y la realidad en la paradigmática democracia ateniense no se hallaban totalmente cogida de la mano; al menos para los patrones y concepciones que tenemos hoy en día. De las 350.000 personas que conformaba la población estimada de la urbe en su momento de máximo esplendor, apenas 100.000 alcanzaban la condición de ciudadanos (descontando mujeres, extranjeros residentes y esclavos), de los cuales apenas 30.000 eran hombres adultos con derecho a voto. En definitiva, apenas un 10% de la población tenía derecho a participar en los asuntos de la polis. Asimismo la democracia de entonces tampoco es la misma que conocemos hoy día: las múltiples instituciones existentes contemplaban la posibilidad de que los ciudadanos participasen directamente en los asuntos públicos, mientras que la democracia actual nacida al calor de la Revolución Francesa sólo se concibe por medio de la elección de representantes–salvo en contadas ocasiones, como puede ser el caso del referéndum o de las consultas públicas–. De este modo el espíritu del “gobierno del pueblo llano” se ve tamizado por la elección de una clase política, una nueva “nobleza”, que va a ser quien se encargue de la llevanza de los asuntos públicos. Dicho de otra forma, la democracia tal y como se entiende hoy día es una combinación entre las figuras de la Grecia Clásica de la democracia “del pueblo llano” y la aristocracia.

En cualquier caso, ¿qué significa el concepto democracia en la actualidad? Si nos atenemos a la definición clásica de Abraham Lincoln ésta sería “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Ahora bien, cuando hablamos de pueblo, ¿a qué nos queremos referir? La verdad es que es un concepto confuso y al que fácilmente puede dársele un tinte ideático que lo convierte en carne de cañón para la demagogia. De hecho, a lo largo del siglo XX, la democracia ha logrado un nivel de aceptación tal que se ha convertido en el régimen político anhelado por casi todos los Estados del mundo. Tanto es así que muchos países no democráticos se autodenominan a sí mismos como democráticos, como puede ser el caso de la extinta República Democrática de Alemania o de las actuales República Popular China, Corea del Norte y todas las autocracias de africanas. Claro está, si nos quedamos con la sola idea de que el gobierno debe ser “por y para el pueblo”, esta definición puede amoldarse a cualquier circunstancia con un discurso político a medida. Podría decirse, por ejemplo, que de la voluntad del pueblo expresada por medio de la revolución emanan unas ideas determinadas de cuya custodia velará un aparato político determinado. Cosa que, sin lugar a dudas, se aleja bastante del ideal de democracia que podemos tener en el mundo occidental.

Es por este motivo, ante la opacidad del concepto democracia –que nos lleva a la confusión entre la realidad fáctica y los ideales– y los malos usos que se han hecho del mismo, que en la ciencia política hemos de recurrir a otros significados para referirnos a esta realidad. Tal es la propuesta de Robert A. Dahl de “Poliarquía” o “gobierno de muchos”, que la define del modo siguiente: “El gobierno democrático se caracteriza fundamentalmente por su continua aptitud para responder a las preferencias de sus ciudadanos, sin establecer diferencias políticas entre ellos”. Para que esto sea posible se necesitan de determinadas oportunidades para los ciudadanos por un lado y unas determinadas garantías institucionales por el otro.

- Oportunidades para los ciudadanos
o Formular sus preferencias: deben haber cauces por los que el ciudadano pueda hacer llegar al poder político sus peticiones para que éste las recoja.
o Expresar esas preferencias a otros y al gobierno individual o colectivamente: para ello es necesaria la existencia de una libertad de expresión, ya que las disonancias son tanto o más valiosas que las aprobaciones.
o Que las preferencias sean valoradas sin discriminación: de nada valdría que, una vez en manos del poder político, determinadas alternativas fuesen desechadas sin tan siquiera haberlas tenido en consideración por la fuente de la que provienen.

- El Estado debe garantizar
o Libertad de asociación y organización (partidos): el individuo solo ante el Estado está condenado al sometimiento, siendo por ello necesario que tenga la posibilidad de organizarse políticamente para salvaguardar sus intereses.
o Libertad de pensamiento y expresión: si únicamente una corriente de opinión fuese la aceptada, muchos ciudadanos verían sus aspiraciones e ideas silenciadas y la riqueza del pluralismo político de un país se vería indefectiblemente mermada.
o Derecho a sufragio activo y pasivo: siendo las elecciones la forma en que el pueblo se expresa, debe ser la totalidad de éste el que tenga voz; por no decir que los candidatos a elegir no deben ser impuestos.
o El derecho a competir por el apoyo electoral: debe haber una cierta igualdad de condiciones entre los diferentes partidos que conforman el arco político para que estos puedan acceder al poder.
o Fuentes alternativas de información accesibles: hace referencia a la existencia de una prensa libre no sometida a los vericuetos del poder.
o Elecciones periódicas, libres y justas que produzcan mandatos limitados: las circunstancias son cambiantes y los adalides de hoy pueden ser los tiranos del mañana. Por ello las elecciones deben irse sucediendo, para adaptarse a una realidad en continuo cambio y obligar al poder político a un continuo esfuerzo por mejorar.
o Existencia de instituciones que controlen y hagan depender las políticas gubernamentales del voto y otras expresiones de preferencia: juridificando el proceso electoral se deja un espacio muy limitado a la arbitrariedad o control político, hechos que bien pueden poner en riesgo la legitimidad que unas elecciones debieren tener para que manifiesten esa “voluntad popular”.
(De la asignatura de Organización Adminsitrativa)