[Artículo de ficción literaria. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia]. Mediterráneo de Joan Manel Serrat o Born in the USA de Bruce Springsteen. Dos modos, casi opuestos, de concebir la buena vida. Una amiga de la universidad, amantísima del cine de autor, consiguió en aquel tiempo apartarme de la furia de los multicines veinticinco salas y aficionarme a su compañía en el Meliès de Barcelona; prestigioso espacio de cine donde se proyecta lo mejor del made off America, es decir, del cine independiente. Una sala que huye de la corrupción del doblaje y de la ingesta voraz de palomitas y refrescos, cuya venta y consumo están prohibidos.
Enterrado en mi butaca con estupor y agotamiento ocular, asimilaba en sueco las obras maestras del existencialista Ingmar Bergmann (El séptimo sello), o en coreano las del surrealista Kim Ki-duk (Hierro 3). Aunque reconocía y valoraba aquél puritanismo filmográfico, no lograba disfrutarlo. Seguía prefiriendo el rito cuasi tribal del cine comercial: película de alto presupuesto, actorazo, chica Bond, palomitas gigantes, quemar dos neuronas resolviendo el final, y para casa. Ciertamente me fastidiaba gastar siete euros en una película tontísima, pero, sin embargo, me descansaba y hacía reír.
Mi estrafalaria experiencia del cine indie me ayudó a ir encontrando el justo medio entre la calidad y la diversión. En este viaje iniciático por los suburbios del cine, al fin me topé con la que para mí sería la piedra filosofal: la comedia británica. Aunque por edad me cogió algo tarde, aún pude disfrutar de la gloriosa generación de actores anglosajones provenientes del teatro londinense: Stephen Fry, Hugh Laurie, Kenneth Branagh, Rowan Atkison, Helen Mirren, Emma Thomson o los inolvidables Monty Pyton. Todos ellos, ahora, emigrados a Los Ángeles bajo la batuta de los grandes, pero conservando su genio. Películas de la vida cotidiana que normalmente satirizan sobre las relaciones interpersonales de las distintas clases sociales; un humor ácido y cruel capaz de trivializar las miserias humanas, pero sin pretensiones existencialistas o moralistas. Y lo mejor, la sobriedad y elegancia con que los actores rubrican sus interpretaciones.
A pesar de todo, y sólo por oponerme a los progres antiamericanos de manual, esos de manifestación contra la globalización pero con Coca-cola en la mano, me negué a rechazar el cine de Norteamérica, y empecé a encontrar en Hollywood algunas pequeñas joyas del celuloide. Empecemos.
Sin dejar de ser un director muy personal, Clint Eastwood (el otrora actor más bien tosco e impasible) se fue acercando al gran público con películas dramáticas que rozan la perfección artística tanto en los guiones como en la fotografía y escenarios; siempre con un cuidado y acertado reparto. Recordar, por ejemplo, la crudísima Mystic River o la sobresaliente Million Dollar Baby (que me niego a rechazar por el supuesto guiño a la eutanasia), así como las más recientes Gran Torino e Invictus. Muy interesante, también, la obra de George Clooney tras la cámara con trabajos como Syriana o Good night and good luck, aunque con cierto tufillo a crítica social. Incluso, cabría incluir las geniales comedias dramáticas del histriónico Woody Allen que, con reparos morales, derrochan ingenio e inteligencia.
Hollywood nos está dando en este tercer milenio una nueva lección de cine de ficción, que ya patentó con obras de arte como La naranja mecánica y 2001 Odisea en el espacio, ambas de Kubrick, o como Encuentros en la tercera fase de Spielgberg. Nombremos en este campo el humor negrísimo y surrealista de los hermanos Cohen (Ladykillers) o el barroquismo digital del maestro de la fantasía onírica: Tim Burton (Eduardo manostijeras, Sleeppy Hollow, Big fish, Charlie y la fábrica de chocolate o en dibujos animados James y el melocotón gigante, Pesadilla antes de Navidad y La novia cadáver). En este mismo terreno soy admirador personal de Quentin Tarantino (de quien es discípulo Robert Rodríguez, el creador de Sin City y 300, ambas basadas en comics de Frank Miller) quien se ha convertido en cabeza del thriller psicopático y ha reformulado la violencia en un espectáculo visual alucinante, sobre todo, con sus obras capitales: Pulp fiction y Kill Bill (Vol. 1 y 2). No olvidar, por favor, aquí, las dos maravillosas creaciones del bueno de Peter Jackson (pocos saben que proviene del cine Gore): la trilogía de El Señor de los anillos, simplemente un regalo para la humanidad, y la deslumbrante y grandiosa versión de King Kong.
En un espacio aún más comercial traigo a colación al magnífico Martin Scorsese, con sus corales y, para muchos, inmejorables puestas en escena de ritmo frenético, como en Casino o Gangs of New York, entre muchas otras; pero destacando la multipremiada Infiltrados, por la que, con un lujoso reparto (Jack Nicholson, Martin Sheen, Matt Damon, Leonardo Dicaprio y Mark Whalgberg), recibió en 2007 los merecidos Oscar al mejor director y a la mejor película, tras quince años de buen cine y escandaloso silencio de la Academia. Reconozcamos, también, en este punto, que cuando Spielgberg se inspira, puede dejarnos obras de arte de cualquier género. Simplemente traigamos a la memoria la legendaria E.T. o la que, a mi modo de ver, es su mejor título: La lista de Schindler; fantástica.
A todo ello han contribuido una magnífica hornada de buenos actores, entre los que destacaría a Robert Downey Jr. (por ejemplo en Zodiac o Good night and good luck), Edward Norton, Jude Law, Jonny Deep, Sean Penn; o los más veteranos Kevin Spacey (Cadena de favores, La vida de David Gale o American beauty, esta última genial pero moralmente inadmisible) y Tim Robbins. Todos ellos amigos de Hollywood pero exigentes con los guiones y trabajos que aceptan.
¿Cierto que hablamos de cine? No puedo resistirme a citar dos obras magnas de finales de los setenta, fuera de nuestro artículo pero de ineludible recuerdo. Sean estas los dos grandes clásicos de Francis Ford Coppola: la apasionante y brutal Apocalypse Now y la insuperable, insuperable, insuperable El Padrino, con un Marlon Brando que derrama destellos de deidad en una interpretación soberbia difícilmente repetible.
Haciendo justicia con aquellos underground que se rasgarán las vestiduras con esta apología del cine yanqui, rechazaré frontalmente los insultantes y millonarios bodrios de Joel Schumacher (Batman y Robin), las cursiladas quinceañeras de Nancy Meyers (reconocida como la reina de la comedia romántica; sin comentarios, me sonrojo). Los excesos coreográficos de Oliver Stone, salvando la increíble Platoon. O los edulcoradísimos dramas con lágrimas y final feliz de Ron Howard, aunque de maravillosa factura, tales como Una mente maravillosa o Cinderella man.
Podríamos derramar ríos de tinta escribiendo de cine. Siempre se quedará algo en el tintero: la histeria de Nicholson en la genial Mejor imposible, que le valió un Oscar al mejor actor; las desternillantes groserías de Ben Stiller; el mejor terror psicológico y muy sangriento de Saw; el nunca novedoso pero siempre feliz cine de acción; todo el cine bélico, desde Los cañones de Navarone, El puente sobre el río Kwai o La gran evasión, hasta las más recientes Cuando éramos soldados o Jarckhead, pasando por incontables títulos de gran calidad, incluyendo la espléndida serie Hermanos de sangre; o este género que se empieza a cocinar, gustoso de presentar diversas vidas independientes y llevarlas al encuentro en el momento crítico, con guiones de mucha fuerza. Magnífica en este gremio, Crash.
Les parecerá sorprendente, pero este ejercicio de síntesis aterrizó en mi cabeza tras ver por televisión la famosa Super Bowl. Como buen europeo, siempre he considerado el fútbol americano como la perversión y espectacularización del rugby. Un rugby para cobardes. Evidentemente, mi crítica se basaba en el mero prejuicio, pues jamás había visto un partido de americano. Tras mi experiencia religiosa, admito que me entretuve. Y aquí está la clave, lo verán.
¿Verdad que resulta indignante que un deportista profesional deba ser asistido con oxígeno tras una carrera de 100 metros?, pues sucedió en esa final. ¿Alguien ha contado los quilómetros que se echa Dani Alves, cada partido, a una velocidad vertiginosa? Por favor. Qué decir de esos gordos sebosos de cuerpos tatuados y cerebros fundidos con pelos, cintas y poses perfectamente medidas a la espera de ser cazados “inesperadamente” por las cámaras. Fáciles a la diatriba chulesca con gestos más propios de Van Damme o Chuck Norris (el inolvidable Walker, ranger de Texas). Sin dejar de mencionar a ese alegre público escondido tras gigantescos cubos de palomitas y aguadas Coca-colas tamaño familiar. Al fin y al cabo en el fútbol, o quizá debería decir soccer, las cosas no son tan distintas.
Enterrado en mi butaca con estupor y agotamiento ocular, asimilaba en sueco las obras maestras del existencialista Ingmar Bergmann (El séptimo sello), o en coreano las del surrealista Kim Ki-duk (Hierro 3). Aunque reconocía y valoraba aquél puritanismo filmográfico, no lograba disfrutarlo. Seguía prefiriendo el rito cuasi tribal del cine comercial: película de alto presupuesto, actorazo, chica Bond, palomitas gigantes, quemar dos neuronas resolviendo el final, y para casa. Ciertamente me fastidiaba gastar siete euros en una película tontísima, pero, sin embargo, me descansaba y hacía reír.
Mi estrafalaria experiencia del cine indie me ayudó a ir encontrando el justo medio entre la calidad y la diversión. En este viaje iniciático por los suburbios del cine, al fin me topé con la que para mí sería la piedra filosofal: la comedia británica. Aunque por edad me cogió algo tarde, aún pude disfrutar de la gloriosa generación de actores anglosajones provenientes del teatro londinense: Stephen Fry, Hugh Laurie, Kenneth Branagh, Rowan Atkison, Helen Mirren, Emma Thomson o los inolvidables Monty Pyton. Todos ellos, ahora, emigrados a Los Ángeles bajo la batuta de los grandes, pero conservando su genio. Películas de la vida cotidiana que normalmente satirizan sobre las relaciones interpersonales de las distintas clases sociales; un humor ácido y cruel capaz de trivializar las miserias humanas, pero sin pretensiones existencialistas o moralistas. Y lo mejor, la sobriedad y elegancia con que los actores rubrican sus interpretaciones.
A pesar de todo, y sólo por oponerme a los progres antiamericanos de manual, esos de manifestación contra la globalización pero con Coca-cola en la mano, me negué a rechazar el cine de Norteamérica, y empecé a encontrar en Hollywood algunas pequeñas joyas del celuloide. Empecemos.
Sin dejar de ser un director muy personal, Clint Eastwood (el otrora actor más bien tosco e impasible) se fue acercando al gran público con películas dramáticas que rozan la perfección artística tanto en los guiones como en la fotografía y escenarios; siempre con un cuidado y acertado reparto. Recordar, por ejemplo, la crudísima Mystic River o la sobresaliente Million Dollar Baby (que me niego a rechazar por el supuesto guiño a la eutanasia), así como las más recientes Gran Torino e Invictus. Muy interesante, también, la obra de George Clooney tras la cámara con trabajos como Syriana o Good night and good luck, aunque con cierto tufillo a crítica social. Incluso, cabría incluir las geniales comedias dramáticas del histriónico Woody Allen que, con reparos morales, derrochan ingenio e inteligencia.
Hollywood nos está dando en este tercer milenio una nueva lección de cine de ficción, que ya patentó con obras de arte como La naranja mecánica y 2001 Odisea en el espacio, ambas de Kubrick, o como Encuentros en la tercera fase de Spielgberg. Nombremos en este campo el humor negrísimo y surrealista de los hermanos Cohen (Ladykillers) o el barroquismo digital del maestro de la fantasía onírica: Tim Burton (Eduardo manostijeras, Sleeppy Hollow, Big fish, Charlie y la fábrica de chocolate o en dibujos animados James y el melocotón gigante, Pesadilla antes de Navidad y La novia cadáver). En este mismo terreno soy admirador personal de Quentin Tarantino (de quien es discípulo Robert Rodríguez, el creador de Sin City y 300, ambas basadas en comics de Frank Miller) quien se ha convertido en cabeza del thriller psicopático y ha reformulado la violencia en un espectáculo visual alucinante, sobre todo, con sus obras capitales: Pulp fiction y Kill Bill (Vol. 1 y 2). No olvidar, por favor, aquí, las dos maravillosas creaciones del bueno de Peter Jackson (pocos saben que proviene del cine Gore): la trilogía de El Señor de los anillos, simplemente un regalo para la humanidad, y la deslumbrante y grandiosa versión de King Kong.
En un espacio aún más comercial traigo a colación al magnífico Martin Scorsese, con sus corales y, para muchos, inmejorables puestas en escena de ritmo frenético, como en Casino o Gangs of New York, entre muchas otras; pero destacando la multipremiada Infiltrados, por la que, con un lujoso reparto (Jack Nicholson, Martin Sheen, Matt Damon, Leonardo Dicaprio y Mark Whalgberg), recibió en 2007 los merecidos Oscar al mejor director y a la mejor película, tras quince años de buen cine y escandaloso silencio de la Academia. Reconozcamos, también, en este punto, que cuando Spielgberg se inspira, puede dejarnos obras de arte de cualquier género. Simplemente traigamos a la memoria la legendaria E.T. o la que, a mi modo de ver, es su mejor título: La lista de Schindler; fantástica.
A todo ello han contribuido una magnífica hornada de buenos actores, entre los que destacaría a Robert Downey Jr. (por ejemplo en Zodiac o Good night and good luck), Edward Norton, Jude Law, Jonny Deep, Sean Penn; o los más veteranos Kevin Spacey (Cadena de favores, La vida de David Gale o American beauty, esta última genial pero moralmente inadmisible) y Tim Robbins. Todos ellos amigos de Hollywood pero exigentes con los guiones y trabajos que aceptan.
¿Cierto que hablamos de cine? No puedo resistirme a citar dos obras magnas de finales de los setenta, fuera de nuestro artículo pero de ineludible recuerdo. Sean estas los dos grandes clásicos de Francis Ford Coppola: la apasionante y brutal Apocalypse Now y la insuperable, insuperable, insuperable El Padrino, con un Marlon Brando que derrama destellos de deidad en una interpretación soberbia difícilmente repetible.
Haciendo justicia con aquellos underground que se rasgarán las vestiduras con esta apología del cine yanqui, rechazaré frontalmente los insultantes y millonarios bodrios de Joel Schumacher (Batman y Robin), las cursiladas quinceañeras de Nancy Meyers (reconocida como la reina de la comedia romántica; sin comentarios, me sonrojo). Los excesos coreográficos de Oliver Stone, salvando la increíble Platoon. O los edulcoradísimos dramas con lágrimas y final feliz de Ron Howard, aunque de maravillosa factura, tales como Una mente maravillosa o Cinderella man.
Podríamos derramar ríos de tinta escribiendo de cine. Siempre se quedará algo en el tintero: la histeria de Nicholson en la genial Mejor imposible, que le valió un Oscar al mejor actor; las desternillantes groserías de Ben Stiller; el mejor terror psicológico y muy sangriento de Saw; el nunca novedoso pero siempre feliz cine de acción; todo el cine bélico, desde Los cañones de Navarone, El puente sobre el río Kwai o La gran evasión, hasta las más recientes Cuando éramos soldados o Jarckhead, pasando por incontables títulos de gran calidad, incluyendo la espléndida serie Hermanos de sangre; o este género que se empieza a cocinar, gustoso de presentar diversas vidas independientes y llevarlas al encuentro en el momento crítico, con guiones de mucha fuerza. Magnífica en este gremio, Crash.
Les parecerá sorprendente, pero este ejercicio de síntesis aterrizó en mi cabeza tras ver por televisión la famosa Super Bowl. Como buen europeo, siempre he considerado el fútbol americano como la perversión y espectacularización del rugby. Un rugby para cobardes. Evidentemente, mi crítica se basaba en el mero prejuicio, pues jamás había visto un partido de americano. Tras mi experiencia religiosa, admito que me entretuve. Y aquí está la clave, lo verán.
¿Verdad que resulta indignante que un deportista profesional deba ser asistido con oxígeno tras una carrera de 100 metros?, pues sucedió en esa final. ¿Alguien ha contado los quilómetros que se echa Dani Alves, cada partido, a una velocidad vertiginosa? Por favor. Qué decir de esos gordos sebosos de cuerpos tatuados y cerebros fundidos con pelos, cintas y poses perfectamente medidas a la espera de ser cazados “inesperadamente” por las cámaras. Fáciles a la diatriba chulesca con gestos más propios de Van Damme o Chuck Norris (el inolvidable Walker, ranger de Texas). Sin dejar de mencionar a ese alegre público escondido tras gigantescos cubos de palomitas y aguadas Coca-colas tamaño familiar. Al fin y al cabo en el fútbol, o quizá debería decir soccer, las cosas no son tan distintas.
Después de pensar un poco (no mucho), entendí por qué ese deporte no tiene sentido ni prácticamente afición fuera de USA. Sin embargo, qué cosa más entretenida y hasta divertida. Una sociedad, la americana, que sabe entretenerse “sanamente” con el mero espectáculo y el simple juego, sin buscar ni pretender un mensaje oculto o una reflexión existencial tras cada película, deporte o variedad.
Pero no lloréis, papá, y todos los amantes de los Gary Cooper, Humphrey Bogart, Alec Guinness, Cary Grant, Paul Newman (los ojos de Hollywood, que se apagaron este pasado año), Peter O’Toole, Peter Ustinov, Lawrence Olivier, Spencer Tracy, Gregory Peck, David Niven, Richard Harris, Burt Lancaster, el siempre villano Christopher Lee o La extraña pareja con los estupendos Jack Lemon y Walter Matthau. Tampoco vosotras, mamá, nostálgicas de las Jane Fonda, Vivien Leigh, Bette Davis, Deborah Kerr, Barbara Streisand, Greta Garbo, Joane Fontaine, Marlene Dietrich, Shirley McLein, Ava Gardner, Audrey Hepburn (qué emoción el día que vi Vacaciones en Roma, qué cosa más bonita), Ingrid Bergman, Julie Andrews, Katherin Hepburn… y tantos otros y otras inmortales actores y actrices. No lloréis aquellos que camináis errantes preguntándoos cómo un palurdo llamado Tom Cruise puede llenar salas de cine mientras enriquece a la Cienciología. Porque, queridos cinéfilos, no hay que olvidar que la belleza y la bondad son inmortales, eternas como su creador.
Pero no lloréis, papá, y todos los amantes de los Gary Cooper, Humphrey Bogart, Alec Guinness, Cary Grant, Paul Newman (los ojos de Hollywood, que se apagaron este pasado año), Peter O’Toole, Peter Ustinov, Lawrence Olivier, Spencer Tracy, Gregory Peck, David Niven, Richard Harris, Burt Lancaster, el siempre villano Christopher Lee o La extraña pareja con los estupendos Jack Lemon y Walter Matthau. Tampoco vosotras, mamá, nostálgicas de las Jane Fonda, Vivien Leigh, Bette Davis, Deborah Kerr, Barbara Streisand, Greta Garbo, Joane Fontaine, Marlene Dietrich, Shirley McLein, Ava Gardner, Audrey Hepburn (qué emoción el día que vi Vacaciones en Roma, qué cosa más bonita), Ingrid Bergman, Julie Andrews, Katherin Hepburn… y tantos otros y otras inmortales actores y actrices. No lloréis aquellos que camináis errantes preguntándoos cómo un palurdo llamado Tom Cruise puede llenar salas de cine mientras enriquece a la Cienciología. Porque, queridos cinéfilos, no hay que olvidar que la belleza y la bondad son inmortales, eternas como su creador.