A las puertas de mi último examen cuatrimestral de la Universidad, escribo para referir un hecho que me dejó indignado. Estábamos en clase, en una de las últimas sesiones antes de exámenes, cuando los dos delegados del curso salieron al estrado con la siguiente propuesta: “Queremos recoger firmas para posponer el examen de Periodismo Especializado. Creemos que está muy próximo al de Empresa Informativa y podría dificultarnos su preparación”. Con dos cojones. No podía creerlo. Pero esto qué es, una universidad o un cole de primaria. Entre ambos exámenes había una distancia de una semana. Además, siendo sinceros, la carrera de Periodismo no es precisamente un hueso duro. En seguida me levanté e intenté hacerles ver que aquello era un capricho alimentado por las concesiones de la universidad, pero que no había una necesidad real. También les convencí de que era de tontos alargar más el período de exámenes, ¡Vivan las vacaciones! Bueno, por una diferencia mínima conseguimos que la fecha no se moviera de sitio.
Mi opinión es que la culpa la tiene mi Universidad, que es privada y, en un alarde democrático, permite modificar las fechas de los exámenes a gusto del consumidor si se reúne una mayoría simple de firmas. Tontería, porque la experiencia dice que los alumnos y, especialmente el gremio de delegados, gustan de hacer ingeniería cronológica si se les permite. Creen que así exprimen al máximo los beneficios de la universidad privada. Yo, en cambio, creo que es un error. La Universidad debe darnos las claves para convertirnos en hombres de bien. Entre otras cosas, esto incluye la capacidad de ajustarse a las directrices que marca el calendario académico. Y a partir de ahí, organizarse responsablemente las horas de estudio. Considero que la presión a la que me someto cada cuatrimestre en la preparación de mis exámenes es de lo más formativo y disciplinario que hay. Nunca como en esos períodos duermo con orden de horarios, me planifico tan bien cada jornada, renuncio con tanto aplomo a mis caprichos, etc. No deberían darnos tanto, porque todo lo que nos ofrezcan lo tomaremos y lo explotaremos, que los de mi generación no somos muy inteligentes, pero espabilados lo somos un rato. Dicho.
Mi opinión es que la culpa la tiene mi Universidad, que es privada y, en un alarde democrático, permite modificar las fechas de los exámenes a gusto del consumidor si se reúne una mayoría simple de firmas. Tontería, porque la experiencia dice que los alumnos y, especialmente el gremio de delegados, gustan de hacer ingeniería cronológica si se les permite. Creen que así exprimen al máximo los beneficios de la universidad privada. Yo, en cambio, creo que es un error. La Universidad debe darnos las claves para convertirnos en hombres de bien. Entre otras cosas, esto incluye la capacidad de ajustarse a las directrices que marca el calendario académico. Y a partir de ahí, organizarse responsablemente las horas de estudio. Considero que la presión a la que me someto cada cuatrimestre en la preparación de mis exámenes es de lo más formativo y disciplinario que hay. Nunca como en esos períodos duermo con orden de horarios, me planifico tan bien cada jornada, renuncio con tanto aplomo a mis caprichos, etc. No deberían darnos tanto, porque todo lo que nos ofrezcan lo tomaremos y lo explotaremos, que los de mi generación no somos muy inteligentes, pero espabilados lo somos un rato. Dicho.
Cierto. Luego, estos alumnos que intentan modificar el período de exámenes, son los que más díficil encontrarán una jornada laboral de 8 horas y sólo 20 días de vacaciones. Es más, si indagas en su época escolar, seguro que padecían 'mal de panxa' todos los lunes y no iban a clase.
ResponderEliminarps. Tiene buena pinta, ¡ánimos!
Primo, esto tiene buena pinta, sigue escribiendo!
ResponderEliminarUn abrazo,
Carlos.